Con este “cambio de temporada” que vivimos actualmente, las personas como yo sufrimos un literal atropello de la naturaleza que se traduce en solo poder decir “me duele todo” o “estoy agotada”. Y es que cuando las abuelas decían que “iba a llover porque me duelen las rodillas”, no eran leyendas urbanas. Era la verdad.
Esto tiene una explicación científica, o por lo menos es lo que me han explicado. Cuando empiezan o se van las lluvias, ocurren cambios en la presión atmosférica que afectan tus articulaciones. Igual que por el cambio en el aire, se alborotan o calman las alergias. Son las patronales del sistema inmunológico. Para mal.
Yo fui diagnosticada con artritis reumatoide a los 35 años y con fibromialgia poco después. Súmale unos discos herniados en el cuello. Traduce todo esto a dolor crónico, incesante, intenso. Medicamentos, pads calientes, terapias sin fin. A veces mejor, a veces peor.
Luego de un tiempo de paz, la artritis reumatoide se armó de valor y refuerzos para un ataque frontal y despiadado, afectándome articulaciones importantes, los ojos, hígado, tiroides, los nervios periféricos de las piernas. De la tiroides me tuve que despedir hace como unos 10 años. El hígado por suerte recapacitó y está en muy buenas condiciones. Una operación de columna y otra en la cadera izquierda después y mis bisagras digamos están bastante bien por el momento, sin contar que ya en lista de espera para cirugía está mi cadera del lado derecho. Las medicinas y esteroides han calmado en gran medida la neuropatía y fibromialgia, si no contamos un brote horroroso que tuve como en febrero este año.
¿Por qué les cuento esto hoy? Porque en toda esta historia muy poco se trató la importancia de una buena alimentación, bajar niveles de estrés, dormir un sueño reparador, hacer ejercicio (aunque suene contradictorio cuando te duele todo), suplementación y mil cosas más que realmente ayudan.
También porque son enfermedades que no se ven, pero se sienten. Toca seguir adelante y he visto como tantas personas que literalmente viven (o vivimos) en dolor, no son comprendidas en sus puestos de trabajo o por las personas que les rodean.
El dolor crónico es causa de depresión también. Imaginen que despiertan cada día y lo primero que sienten o piensan es que no tienen fuerzas para levantarse, como si no hubieran dormido nada. O que sus manos están tiesas como un palo. O que sienten arena en los ojos. Que levantarse de la cama es un proceso, que puede demorar y que albergan la esperanza de moverse mejor a medida que se vayan “calentando” a lo largo del día.
Los efectos secundarios de las medicinas son otro cuento. Riñones e hígado sufren. Somnolencia que se suma al cansancio natural de la enfermedad. Interacciones no deseadas entre químicos, al combinar tantas patologías.
Ahora lo tomo todo más suave, aunque no lo parezca. He bajado mi ritmo considerablemente y noto la mejoría. Trato de comer mejor y no saltarme los suplementos. Guardo espacio en la agenda para descansar en medio de la jornada. Procuro no atosigar la agenda con citas con horarios apretados.
Gracias a Dios cuento con médicos dedicados, con vocación verdadera, que están pendientes y buscan lo mejor para mí. Sobre todo, que me escuchan y me entienden. Gracias a mi familia también, que me ayudan a abrir frascos o cargar bolsas sin que se los tenga que pedir. Igual mis aplausos para FUNARP, que es la Fundación de Artritis Reumatoide de Panamá, integrada por verdaderas guerreras que, a pesar de su condición, luchan en todos los frentes por el bienestar de los demás afectados.
Extraño los zapatos de tacón, que tanto disfruté lucir en años pasados, la energía para hacer ejercicio, la libertad de ser dueña de mi agenda y muchas cosas más. Pero lo importante es que sigo inventando, sigo escribiendo y haciendo mil cosas más. Son condiciones, a veces la palabra “enfermedades” no me gusta, que no se curan, pero se pueden mejorar. No perdamos la fe y vamos pa’lante bien arropaditos durante estos chaparrones.



