Pensamos en la muerte mucho, poquito, nada. Cuando muere alguien cercano, una mascota o cuando se asoma en nuestro cerebro la inevitabilidad de la nuestra propia. Más temprano, más tarde, pero vendrá. Como dicen, cuando uno muere ya los problemas se acaban, pero los que quedan, muchas veces lo que reciben en herencia son enredos. Lo que conmueve del escrito y la historia de Tatiana Schlossberg es que aunque se aferró a la vida, a la esperanza de un tratamiento exitoso, de una nueva oportunidad de abrazar a sus hijos, no pudo. No pudo la medicina, ni los recursos ni los deseos. Se fue. Queda en manos de sus deudos mantener vivo su recuerdo en esas mentes infantiles para el resto de sus vidas...