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Érase una vez Clodomiro

Clodomiro no es una persona.  Pero desde que nació tenía cara de Clodomiro.  Un día saliendo yo de una reunión al dirigirme al carro, que estaba estacionado bajo una mata de mango, veo una cosita negra como que se movía en el piso.

 

Me acerco y era un pichón.  Arranqué a mirar por todos lados, no veía mamá, no veía nido, nada.  Lo que si vi fue un gato sentadito a la distancia mirándonos fijamente.  No lo pensé dos veces, lo recogí del piso y entramos al carro.  Pensé “lo llevaré igual que llevo a Petra (mi lora), trepado en mi hombro”.  No iba ni a mitad de camino cuando el pajarito se había enredado en mi pelo de mala manera.

 

Cuando llegué a mi casa la situación era insalvable.  Llamo a José Rogelio y le digo “baja por favor que tengo un pájaro enredado en el pelo”, lo que oigo a continuación fue un grito de incredulidad y una resolución absoluta de resolver el problema.  Su idea genial fue bajar con una tijera…para cortarme el pelo.  Aquí la que gritó fui yo y le dije “cálmateeeeeeee que vamos a ver qué hacemos”.  Con mucha paciencia…mucha…desenredamos al pajarito y subimos.  No sé quién estaba más alterado, José, el pajarito o yo.

 

Una vez en el apartamento, llegó el momento de analizar al pajarito.  Como todo pichón, era bastante feo.  La incógnita era, ¿qué tipo de pájaro es?  El veredicto familiar fue que era un gallote.  ¿Cómo es posible que te hayas traído un gallote a la casa?  ¡Qué asco!

 

Bueno, ya completamente derrotada, me dedico a ver cómo alimentarlo.  Probamos con varias cosas y como que nada funcionaba, hasta que llegamos a la crema de arroz.  ¡Qué contentura!

 

Aproveché que tenía que llevar a Petra al veterinario y lo llevé.  Más que nada para desmentir a los incrédulos.  Resultó que el pobre Clodomiro tenía una pata fracturada, seguro por haber caído del nido, pero ya había poco que se pudiera hacer.  Y el dictamen del veterinario fue, que era una PALOMA DE CASTILLA.

 

Las cartas se habían volteado.  No estábamos criando un gallote.  Era una palomita…que volaba adentro de mi casa…por lo que sentimos había llegado el momento de darle libertad, pero sentimos que con esa patita así iba a pasar trabajo.  Así fue como en un día soleado Clodomiro se despidió de nosotros y se fue con Elia (la señora que trabaja en mi casa), a vivir con unas gallinas ponedoras donde fue muy feliz para siempre.

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