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La sangre de Cristo

Érase una vez…mentira, no voy por ahí, como dice la canción de salsa, “todo inició en el momento indicado” y así fue que sin pensarlo, me vi inmersa en la más latinoamericana de las experiencias.

Fue en un viaje a Bogotá y tomo un Uber.  Allá igual que acá, te puedes encontrar con un chofer salsero, romántico, evangélico, para todos los gustos.  Este tenía un sistema que me dijo se llama Dashi conectado al Waze y que adornaba todas las indicaciones como si fuera un pasiero, un poco intenso y grosero, pero gracioso al fin.

Fuimos avanzando hacia nuestro destino mientras la voz decía, “gira a la derecha, a la derecha te dije, no me hagas repetir las cosas”, yo estaba hasta nerviosa de que el señor se fuera a equivocar.  ¿Cómo sería aquel regaño?, por decirlo elegantemente.

En medio de esto, llama por teléfono la madre del chofer.  Se notaba una señora mayor que dejaba largos silencios en medio de la conversa.  “Oye, que al niño no le quedó el overall, ¿habrá una talla más grande? Pero tiene que ser en verde”.  El chofer deja un espacio también y responde “si había una talla más, pero no en verde, tendría que ser en negro o azul”.  Esta conversa se extendió por lo menos unos 10 minutos y nunca llegó a una conclusión.  De ahí hablaron de zapatos, de no sé qué cuenta…hasta que ambos se despiden, con la promesa de volver a hablar en un rato.

“Que la sangre de Cristo te cubra y te proteja” dice la madre.  “Si señora” responde el hijo.  “Que la sangre de Cristo te cubra y te proteja, ¡diga Amén!, “si señora”.  “¡Diga Amén!”.  “Amén, mamá, Amén!  Yo estaba a punto de sacar el Rosario del tío Juan.

“En 50 metros, gire a la izquierda y cuidado que se le pasa por pendejo”.   Siguen subiendo los niveles de estrés.

El chofer llama ahora a otra persona, que me suena una joven, que me imagino es su hija adolescente.  “Oiga, no me ha devuelto el cortaúñas”.  “¿Cómo que no? Si yo se lo devolví”.  Esta conversación no pinta bien.  “Usted no me ha devuelto nada, sino, no se lo estuviera pidiendo”.  “Pero si yo se lo di ese mismo día, apenas lo terminé de usar”.

“Escúlquese, escúlquese bien, que usted lo debe tener en ese reguero de cuarto suyo”.  Ya aquí la chica sonaba un poco angustiada.  “Pero si yo le juro que se lo devolví, voy a buscarlo en la casa”.  “Escúlquese bien, que sino no me pida más nada prestado”.  Ya aquí habíamos llegado a niveles de sudor, a pesar del frescor de la noche.

No le quito la vista a mi celular, contando los metros para llegar al destino.  No porque el chofer fuera agresivo, pero es que a una persona ansiosa como yo, estas situaciones nos ponen los pelos de punta.

Mientras la radio tocaba música en inglés, ya no recuerdo cual, llegamos al destino.  Con los ojos maravillados me quedo un rato apreciando el lugar y un audio interrumpe mis pensamientos diciendo “hemos llegado al destino, ya puedes agarrar esta carrera, enmarcarla, guindarla en tu cuarto y ponerla unas flores”.

Todavía me estoy riendo. 

“Me encantaría conocer tu opinión. Sígueme en @maricelescribe y mándame un mensaje directo, ¡te responderé personalmente!”

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