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Mis 30 segundos de fama

No voy todos los domingos a misa, es más, voy en ocasiones especiales o cuando me nace, pero disfruto enormemente las procesiones y celebraciones de Semana Santa.  Este año me trasplanté al Casco Viejo y desde uno de los balcones de Casa Mallet lo viví todo con lujo de detalles.

Sentí al Casco vivo, latiendo al unísono de la cantidad de personas que inundaron sus calles.  Me quito el sombrero ante los organizadores y todo el que tuvo algo que ver en que este evento fuera realidad.  De más está decirles que amo el Casco y su vibe, siempre he sentido el llamado de estructuras vetustas, muebles heredados y el fantasma de la tía solterona al pie de la escalera.

En fin, nunca había caminado la ruta de las 7 iglesias, siempre se me flateaba el plan.  Esta vez lo logré…aunque fue ligeramente accidentado.  No les he contado, pero estoy malita de la cadera hace tiempo ya y, por tratar de no ingresar en un año al quirófano, le hui al procedimiento que me deben practicar como a la plaga.

Previendo el grado de dificultad, me armé de unas Skechers que en verdad no me combinaban, pero que amo y, luego de ser el blanco de cierto nivel de bullying, salimos a la calle.  Que calor señores, para el próximo año me queda la lección de salir más tarde.  Sentí que ríos de agua viva corrían, pero por debajo de mi camisa.  Voluntarios regalaban botellitas de agua muy oportunas mientras que en la entrada de cada iglesia los inciensos y rosarios se vendían como pan caliente.

Yo traté de mantener el glamour y no arrastrar la pierna, mientras juraba que me sentía fenomenal.  Sin saber cómo, me adelanté al grupo enfocada en mi meta, que era la entrada de la Iglesia de San José.  Casi llegando me subo a la acera cometiendo un grave error….puse la pierna fregada de primero para impulsar el peso de mi cuerpo hacia arriba y…no pudo.  Sentí que la pierna se me volvió gelatina o crema de batir.  O las dos.  La cosa es que en cámara lenta en lo que me parecieron horas, caí al suelo inevitablemente.

Levanto la cabeza buscando a mi entourage y nada…sentía que había más personas caminando que en el cruce de Shibuya en Tokio y ninguna cara conocida.  Lo que si sucedió fue que buenos samaritanos me trataron de levantar tan descoordinados como un bailarín con tres pies izquierdos.  Finalmente lo lograron, unos me decían que respirara, otros que si quería agua, uno pensó que me había desmayado.

Luego de mis 30 segundos de fama, veo a lo lejos que una de las señoras que me socorrió le preguntaba a mi grupo, que estaba socializando con otras personas en la esquina, selfies incluidas, si eran los que estaban con la señora que se cayó.

Mi hermano Armando, ustedes lo conocen, le dice, “¿señora?, nosotros no andamos con ninguna señora”.  Hasta que dos Doritos después, se da cuenta que era yo, al ver el brillo de mi plateada cabellera (eso me dijo el).  Cuando finalmente se acercan me dice, “llevas una, te faltan dos” …. Y yo le digo, “y tu también, ya me negaste una vez, te faltan dos”.   Humor de Semana Santa.

Mientras yo pensaba, “ahorita me van a fregar la caminada y van a querer que regrese al Airbnb”.  Me sacudí el pantalón y dije que, de ninguna manera, que yo estaba perfectamente bien.

De premio, me compré un raspao, el cual en realidad parece que lo usé para teñir mi camisa de rojo.  Por supuesto me encontré con media humanidad y mientras les saludaba de besito, traté inútilmente en ocultar mi bochorno.

El recorrido fue hermoso.  Tenía mil años de no entrar en la Iglesia de Santa Ana y no conocía la pequeña Santo Domingo de Guzmán.  Aprendí que cada parada tiene un significado de acuerdo con lo que vivió Jesús ese día, no tenía idea.

Cerrando el Domingo de Resurrección, me gocé como nadie el baile de Jesús Resucitado y la Virgen de la Alegría.  Imposible no contagiarse.

Volvería una y mil veces.  Ya seguro el otro año estaré super in shape y ni los adoquines ni las aceras van a poder conmigo.

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