Hay un detalle que no les conté en el escrito inicial y es que nosotros, dominados por el ego y la ignorancia, no entrenamos en lo absoluto previo al viaje. Claro, iba a ser fácil, “es como dar cuatro vueltas al Parque Omar”, decíamos. Qué equivocados estábamos. El primer día, partiendo de Sarria, al parecer es uno de los más retadores, con unas lomas que nos pusieron a temblar las pantorrillas.
Ese primer día, me rendí. Así es, al kilómetro 7 dije que no podía más. La cadera me quemaba y ya veía hasta cocuyos. Pero eso no es lo más importante, lo que sí es, es que al día siguiente me levanté e inicié ruta de nuevo. Ya planchando el ego, acepté que mi cuerpo no rendía para tantos kilómetros al día y me puse una meta de máximo 15 por jornada. Y lo logré.
Hasta el penúltimo día. Sentí que mi cuerpo era parte integral del colchón, entre el oído tapado (ese es otro cuento) y el agotamiento, decidí leer y arroparme hasta el cuello. Una de las mejores decisiones que he tomado. Sigo con el cuento.
Ya el último día, que tocaba entrar a Santiago, la emoción colectiva nos envolvió y como un solo corazón palpitante, caminamos con pies ligeros hacia el destino final.
Ese día se nos rindió otro de los peregrinos. Cada cual sabe hasta donde da su cuerpo, o por lo menos debe intentar saber. Chicos de escuela, personas mayores, de todas las nacionalidades, se unían como una gran familia. Tanto fue así, que esperábamos con susto una loma que nos advirtieron quedaba justo antes de entrar a la ciudad, desde cuya cima veríamos las torres de la Catedral. Nos fuimos de largo y no vimos nada, tal cual un conejito Duracell.
Antes de llegar, la vitrina de una cafetería nos robó la calma y nos sentamos un ratito para tomar el mejor chocolate con churros de la historia. Era como un pudín de chocolate vertido en una taza. Ya no faltaba nada. En una bocacalle nos esperaba el peregrino ya revivido y juntos llegamos a la plaza y sacamos nuestra bandera. Orgullosísimos.
Tocaba hacer la fila para entrar a la Catedral. Maravillosa estructura. Pudimos descender a la tumba de Santiago y dos de sus discípulos. Lugar mágico. Después surgió una sorpresa maravillosa. Podíamos caminar por detrás del altar y darle un abrazo al Santo por la espalda, increíble. Lástima que no pudimos tomar fotos.
Sentimos que éramos capaces de seguir caminando por la energía que nos embargaba. No había dolor ni cansancio, ni hambre ni sueño. Para los que están pensando en hacerlo, háganlo. Es una experiencia de vida, reconexión, grounding, recarga energética y renacimiento.
Tocaba sacar las ansiadas credenciales y fue súper más rápido de lo pensado. Era el momento de descansar y celebrar. Luego de una cena gloriosa, caminar por Santiago de noche es como un cuento de hadas.
Visitamos ya en carro Finisterre o Fisterre en gallego, y encontramos muchos peregrinos que continuaban a pie este tramo. Vimos las Rías en todo su esplendor, era un día de verano. La villa más bonita de España, donde viven 32 personas y una cascada de único río que desemboca de esa forma directo en el mar, a pesar de las represas que han disminuido su caudal.
¿Qué si hay que irse hasta Santiago para explorar nuestro interior? Pues no. Respira cinco minutos al día de forma consciente y con intención y me contarás.
Todavía sobándonos los pies, ya estamos pensando en hacer el Camino desde Portugal. ¿Se animan?



