Me he sentido afligida, si, esa es la palabra. Hoy retomo la desgracia del terremoto de Venezuela. Gracias a las redes sociales y que cada persona es un ente generador de información, la saturación de datos, imágenes, verdades y falsedades, nos han inundado.
Es tanto lo que está pasando y lo que falta por pasar, que no hay tiempo ni espacio para que todo se sepa, para que la información llegue. Pero lo que permea es tan contundente, que no deja espacio para que la opinión y los sentimientos permanezcan inmóviles.
No voy a perder tiempo hablando del desgobierno, a eso ya le dedicamos suficiente espacio. Hoy quiero escribir de los que pasan desapercibidos. Los que no generan titulares, no son artistas ni presidentes. Son las personas de a pie, las que vivían en un edificio de interés social, confiando en que estaban seguros y protegidos, pero se se encontraron dentro de una trampa de muerte. Engañados a sabiendas, con mala intención.
Muchos de ellos han tenido que conformarse con la muerte súbita e inesperada de toda o gran parte de su familia. Ya la esperanza de encontrar un sobreviviente se esfumó en el aire. Solo queda por lo menos tener un cuerpo, o un pedazo de él, como lo han manifestado algunos deudos, para darle cristiana sepultura. Para que descanse en paz. Para que pueda empezar el luto y de cierta forma, mirar hacia adelante.
Con sus manos, con las uñas lo han hecho. Otros, congelados por la impotencia, ven como las maquinarias destruyen los restos de las estructuras llevándose junto a los pedazos de concreto y los hierros retorcidos el último vestigio de ilusión en recuperar lo que quedaba de sus familiares o amigos.
Los que me conocen saben que los animalitos son mi debilidad. Si pudiera, viviría con 40 perros rescatados, algún día lo haré. El tesón y empeño por salvar estas vidas, también me ha conmovido. La alegría que hemos visto en los casos en que se han reencontrado con sus dueños es indescriptible y estoy segura que han sido bálsamo para tantos corazones destrozados.
Los rescatistas voluntarios, nacionales y extranjeros, son ángeles bajados del cielo. Inclusive poniendo en peligro su vida no han cesado en su labor. Solo le pido a Dios que reciban el tratamiento psicológico y el apoyo espiritual para sanar luego de haber visitado varios niveles del infierno.
Las historias de los sobrevivientes son increíbles y más allá de sus cuerpos maltrechos, el trauma de lo que sufrieron aún no se ha mostrado en su totalidad. Estamos hablando de años, señores. Años de reconstrucción de estructuras, de reubicación de personas, de contabilizar verazmente a los desaparecidos, de sanar a los heridos y de enterrar a los muertos. Años en que un país ya golpeado y tambaleándose va a necesitar la ayuda de todos para volver a ponerse de pie.
Lo que espero no tarde años es la develación de la verdad. La confirmación de las sospechas. Esas cosas que cuando uno pensaba que ya había visto lo peor, aparecen.
¿Y la política? ¿Y las elecciones? Algunos dirán que no es prioridad en este momento. Pues yo creo que si. La herida seguirá abierta mientras las riendas continúen en manos de quienes ostentan el poder. No se podrá sanar. No será posible avanzar por las cadenas y grilletes anclados en sus tobillos.
Y estas son las historias de tantos héroes anónimos. Pasarán años hasta que logremos arañar la superficie y lograr conocerlas y muchos casos quedarán sepultados en el olvido, la desidia o las toneldas de concreto. Me conformo con saber que Dios si las sabe y las sabe todas.
Ellos serán bendecidos de una u otra forma en lo que les resta de sus vidas en este plano terrenal y el cielo los recibirá con los brazos abiertos cuando llegue el momento.



