Mucho se ha escrito sobre cómo la Navidad y hasta el Halloween se “comen” nuestras fiestas patrias y disminuyen o desaparecen las decoraciones tricolores en muchas viviendas y establecimientos. De lo que siento que realmente sobreviven escasos bastiones son el altar o el reconocimiento a la Virgen María en el día de las madres.
Por razones también ampliamente explicadas, en Panamá el Día de la Madre se conmemora el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, de quien se dice que la esposa de un presidente era muy devota.
En la casa de mi niñez, en la que vivía con mis papás en la planta baja y mi abuela Otilia, mejor conocida como Bula por las multitudes en la planta alta, era tradición decorar un altar para la Virgen en el portal de la casa a partir del 1 de diciembre. Solo después del 8, y solo después, es que se iniciaban con los preparativos y celebraciones navideñas.
No recuerdo ahora si la figura de la Virgen vivía el resto del año en la habitación de mi abuela (donde habitaban las figuras de varios santos católicos, el más grande era San Pancracio, no sé por qué) o si estaba encerrada en una caja en algún depósito. Lo que sí recuerdo muy bien es la mesita de hierro que se movilizaba para ubicarse en el centro de la terraza, pegada a la pared, para luego ser cubierta con un tapete blanco de gran tamaño tejido a mano.
Con mucha dedicación, la Virgen se ubicaba en el centro para luego armar una especie de arco que servía de estructura para colocar las flores, complementado con floreros y velas a los lados. Pero es que el montaje de la figura, con una cara preciosa y mirada compasiva, no era lo más importante. Todas las noches las señoras, en muchas ocasiones acompañadas por sus familias, visitaban una casa distinta cada vez para rezar el Rosario, cantar, rezar la novena y por supuesto, conversar sobre los acontecimientos del día.
Sentimiento de pueblo chico en ciudad ya no tan chica y que ahora creo que ha desaparecido. Los vecinos se conocían entre ellos, compartían cumpleaños, grupos de oración, clases de guitarra y visitas no planificadas ni anotadas en ninguna agenda. Las señoras de cierta edad, a determinada hora en la tarde, se dirigían en grupo a la Iglesia del Instituto Técnico Don Bosco, otras a la Iglesia de Guadalupe, a rezar el Rosario y escuchar la misa diaria. Asimismo, se recogían las mangas para ayudar a los Hermanos Salesianos en sus actividades y a mantener la Iglesia en orden y bonita.
Los niños jugábamos en la calle y era un premio tener algo de platita para ir al “chinito” a comprar helados Estrella Azul o chicles Panda o Pepito. Patinando fue que me despapayé en una acera y me fracturé un brazo. Por la calle donde vivía, que era la calle 70 en San Francisco, pero que en ese entonces le decían Paitilla, caminaba a diario hasta la Escuela de Danzas Teresa Mann para clases o ensayos sin fin y al Conservatorio Mozart, a tocar con mi profesora Aida.
Como ustedes, esas épocas de la vida producen las memorias más preciadas, para muchos, son “los buenos tiempos”.
Volviendo a la Virgencita, quiero que sepan que yo tengo un altar que se exhibe de forma permanente, el cual es presidido por Caridad. Seguro que adivinaron. Este año, me propongo rescatar algo de lo que me muestra mi cerebro, un poco nublado, por cierto. En recuerdo y honra de todas esas señoras, que fueron la villa que nos crió, quienes sembraron en nosotros tanto creencias como tradiciones que nos definieron y que nos han hecho los adultos que somos hoy.
¿Tienes alguna creencia o tradición familiar para estas fechas?
¿Las practicas aún hoy?
¿Se las has transmitido a tus hijos?
Creo que los míos no tienen idea de la Virgencita en el portal en la casa 115 de la calle 70 Paitilla (la cual no sé dónde quedó en verdad), tan especial para nosotros, orgullo de su bisabuela y su abuela. Ya les contaré.



