No soy de fijarme mucho, pero a veces mientras voy en el carro me pongo a ver las casas a lado y lado para ver que me sorprende. En verdad me entristece muchísimo todas las casas con letrero de “se vende” o “se alquila”.
Todas las luces apagadas, a veces el jardín crecido, en algunas se ven los primeros signos de deterioro. La cosa es que pareciera que estuvieran expresando su tristeza por la familia que acogió, que se fue y no miró hacia atrás.
Esa casa en muchas ocasiones fue el primer hogar de una pareja, que luego recibió sus hijos, quienes gatearon, lloraron, se rieron, jugaron, abrazaron y fueron abrazados. Estoy segura de que esa casa los quiere y los recuerda con cariño.
Por supuesto además de verlos crecer, fueron testigos de sus momentos más importantes y guardó esos secretos que nadie sabe, porque por supuesto, la casa nunca duerme, todo lo ve y lo escucha, no se pierde de nada.
Yo me imagino su emoción cuando la niña de la casa salió por la puerta vestida de novia. O cuando el jovencito mal portado recibió su diploma universitario y se celebró con un brindis en el comedor.
O que tal la pareja de viejitos que ya quedaron solos en el nido y uno de ellos enferma. O fallece. ¡Qué dolor!
Sabemos que no todo es felicidad. Muchas peleas se dieron, desgraciadamente algunas en que los ánimos se pasaron de la raya. Gritos y llantos también conmueven sus cimientos.
Pero como todo cambia y evoluciona, a veces llega el momento de partir. La familia creció demasiado, será mejor una casa más grande, que bueno nos vendrá un cambio de barrio, si, a ese, donde se han mudado todos nuestros amigos, donde los niños estarán mejor, estaremos más cerca del colegio y la oficina, tiene más comercios y facilidades alrededor.
Por la razón que sea. Se fueron. Y la dejaron atrás. Me provoca abrazarlas y decirles que esperen con fe, que llegará otra familia con la que compartirán nuevos momentos y serán felices otra vez. Me provocaría decirles que no las van a tumbar, pero en verdad, eso no lo se.



