Es uno de los síntomas o secuelas del pasar de los años. ¡Espero no haber escrito de este tema en otro momento!, lo que me recuerda que debo retomar el proyecto de armar un índice de las publicaciones. Otro día será.
En fin, últimamente he sentido que, si antes expresaba mi opinión, aunque no fuese la más popular o que inclusive representara el recorrer hacia atrás el camino ya andado, la mayoría de las veces, la di. Pero ahora, es como si me hubiesen quitado el filtro del todo y la cubana que vive en mí arrinconó a las demás habitantes de mi cerebro y se hubiese proclamado dictadora oficial.
A lo largo de nuestro crecimiento, es muy común silenciar lo que pensamos por múltiples razones. Porque no estamos seguros si sonará suficientemente inteligente o apropiado lo que vamos a decir, porque preferimos apoyar la opinión de otro y navegar por lo seguro, por estrategia y por múltiples de razones más.
Pasado el tiempo y superadas muchas de esas circunstancias, emitimos nuestros pensamientos con gran soltura y energía, en la mayoría de los casos. Ahora sí queremos que nos escuchen, que nuestras ideas sean tomadas en cuenta, ser los líderes del proyecto. Y a veces esta expresión no queda solo en eso, ahora nos interesa convencer. Persuadir. Y a veces hasta obligar.
Me he puesto a analizar y me doy cuenta de que, si la persona me importa o le tengo cariño, soy más intensa. Quizás porque quiero evitarle un mal momento, o sacarle de su error (según yo), o tal vez para que no repita su comentario y rectifique. Y estoy segura de que se me va la mano, cosa que tengo que corregir.
Porque, ultimadamente, ni yo ni nadie somos dueños de la verdad. Tampoco somos encargados o custodios del prójimo para llevarlos por el buen camino. Cada cual goza de libre albedrío y puede hacer exactamente lo que le dé su regalada gana y así mismo gozar el éxito o estrellarse contra una pared. Así es la vida.
De ahí aterrizamos en el tema de ser “mecha corta”. En otro momento, hubiese pensado mil veces cómo decirte algo importante o controversial para no generar polémica ni sentimientos que no vienen al caso. O tal vez mi tolerancia se hubiese estirado como chicle y lo escuchado no gozara de la menor importancia y a otra cosa, mariposa.
La cosa es que ni bien he armado la idea que iba a decir, cuando las palabras ya salieron por mi boca. Sin filtro, sin maquillaje, sin bajarles el volumen.
Esto no cae bien, lo sé. Y sabiéndolo, me quedan un par de opciones. La primera, puedo irme al extremo opuesto y no “regañar” del todo. Tratar de modificar mi forma de expresar estos temas que pueden generar conflicto por una menos áspera. Continuar dejándome llevar por ese fuego caribeño, que además lo llevo mil veces en mi carta natal, por ser múltiples veces Sagitario. Quedarme mejor en mi casa, que tranquilita me veo más bonita. ¿Será la menopausia?
Por supuesto estoy exagerando, pero no estoy tan lejos de la realidad. Ya les iré contando cómo me va con el experimento. Creo que esto va a ser algo como Alcohólicos Anónimos, un día a la vez.



