Ya sé lo que me van a decir. ¿A quién si les gustan? Por donde lo mires, es difícil encontrar algo positivo en un momento doloroso. Asistimos para acompañar y mostrarle nuestro respeto a los deudos y para despedir y expresar nuestro dolor por la partida de un ser especial para nosotros.
Pero ¿qué pasa cuando apenas conocimos al occiso? Se empieza a complicar la cosa, pues nuestra presencia es meramente un compromiso, un trámite, un saludo protocolar. Por lo menos en Panamá, es muy común esto, la misa se convierte en un encuentro social en el que las conversaciones vacías llenan el espacio sagrado.
Bordeando los límites de mi paciencia y tolerancia aparecen las personas que quieren cortar la fila para acercarse a los deudos, irrespetando todas las reglas de urbanidad que, por lo menos, a mí me enseñaron. El premio lo ganan quienes aprovechan la hora de dar la paz o la comunión para enfilarse cual piloto kamikaze en dirección a las bancas de las primeras filas para matar el caso y retirarse a seguir cumpliendo con su apretada agenda.
Si no pueden dar el pésame con calma y paz, ¿para qué lo hacen? Hemos visto también los que insisten en despedir al fallecido en su última morada de la cripta de la iglesia. Señores, eso es para la familia inmediata y círculo cero. Ubiquémonos.
Me duele mucho cuando el sacerdote no ha conocido a la persona. Me da la impresión de que antes, cuando era más usual llevar una relación de amistad o por lo menos con algún grado de cercanía con el párroco, las palabras eran sentidas y honestas. Ahora, muchas veces son textos genéricos que hubiesen aplicado igual al tío Aníbal de 85 años o a la prima Julieta de 39. Pienso que la familia debería darle unos talking points al Padre, por lo menos para que el discurso guarde alguna relación.
Pero en verdad no me gusta ir porque se me hace muy pesado y digamos intenso a nivel espiritual. El aire que se respira dentro de una iglesia en un entierro es distinto. Aparte, igual que no resisto ver una persona vomitando, porque por ahí mismo sigo yo, no puedo ver a alguien llorando, que me convierto en una fuente.
Esto me pasó en uno de los últimos entierros que fui. Cuando enfilé por la nave central de la iglesia y vi la foto de la fallecida, explotaron en mi mente miles de recuerdos de la persona a la par de sentimientos que creía inexistentes. Sus hijas estaban serenas en primera fila, la que parecía una Magdalena era yo. Me dio una verguenza increíble pensando en lo bizarro de la situación.
Fue en ese momento que me dije, “la idea es consolar a los deudos, no que ellos me consuelen a mí”. Y fue cuando decidí no someterme más a esto.
Desde muy joven tampoco me resonaba acudir al cementerio a visitar las tumbas en fechas especiales. Decía y aún lo sostengo, “¿qué diferencia hace hablarle en mi mente desde mi casa que hablar a un pedazo de tierra o una cripta? Para mí, ninguna, aunque respeto a los que guardan las tradiciones.
Los entierros son eventos dolorosos, sí. Una persona a quien tenemos cariño o fue el centro de nuestra vida, ya no está. Sobre todo si fue un suceso inesperado o trágico. Sin embargo, al final también es un momento para celebrar y agradecer por esa vida, por su camino recorrido, por los seres que tocó, incluyendo nosotros.
Yo no quiero que me guarden en ningún lado, estoy segura de que no toleraré estar encerrada y mucho menos, de vecina de quien sabe qué personas. Por mí, que esparzan mis cenizas en el mar. Sin fiestas ni fanfarrias, solo que me digan adiós y me deseen lo mejor en mi proceso de trascender. Eso sí, estén seguros de que los voy a estar vigilando y si algo no me parece, se los haré saber.



