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Y la cubana tocó la puerta

Ella estaba escuchando todo.  Las ideas, los planes, que sí, que no y solamente levantaba una ceja y no decía nada.  Ya más avanzado el tema, se atrevió a opinar porque sentía que la cosa estaba como muy estirada…muy cuadrada…y ella no es así.  Ni yo tampoco.

A los que me conocen saben que mi padre era cubano y que esa cultura dominó completamente mi hogar.  En mi casa se hablaba cubano, se comía cubano, se iba a Cuba con mucha frecuencia (los que teníamos pasaporte panameño), la comunicación con la familia era constante en la medida de las limitaciones.  En el pasillo hacia las recámaras había colgada una bandera cubana en la pared.  Así de cubana era mi casa.

Eso me hizo sentir en su momento como que yo hubiese nacido allá.  Y no fue bueno.  Sufría en carne propia lo que pasaba en la isla, me sentía tal como si yo hubiese migrado también.  Se apoderaba de mi un vacío y una nostalgia, como de no pertenecer a ningún lado.  De aquí y de allá, pero de ningún lugar.  Desarraigo.  Soledad.

Con todo lo rumbera y dicharachera que se califica la cultura cubana, para mí no era así.  Tantas personas que al salir vivieron en mi casa o trabajaron en la empresa de mi papá.   Personas que marcaron mi vida en su momento y que luego les perdí la pista cuando llegaron a la vorágine del norte a luchar con tres trabajos para sobrevivir.

Familia deshecha.  Hermanos por aquí, tíos por allá.  Ver a mi papá llorar porque mi abuela falleció y él nunca la pudo volver a ver desde que salió.  En fin, mil y una historias, que hoy son solo una introducción para explicar el lugar que se ganó la cubana en este proyecto.

Las historias que vendrán serán seguro en otro tono, historias de antaño y recuerdos más felices quizás, pero sobre todo…su opinión sobre lo que ve.  Directa y honesta, siempre con mucho cariño.  A su manera.

La chiquitica con abriguito rojo soy yo, en casa de mis tíos en Jaruco, a las afueras de La Habana.

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