Seguro han escuchado esta expresión, por lo menos el grupo etario que me lee. Este fin de semana una persona que conozco, lo juro que no soy yo, ya contaré lo mío; pasó por esta experiencia que raya en lo sobrenatural con la consiguiente “goma moral” al verse obligado a volver sobre sus pasos y tratar de reconstruir la historia.
Todo pasó en un brunch dominical, de esos que saben cómo empiezan, pero no cómo terminan. El contrincante, un lychée Martini. Bueno, obviamente no fue solo uno. El sujeto de estudio en cuestión recuerda haber pagado la cuenta, salir del restaurante y pedir un Uber. Hasta aquí llegó la memoria en su forma activa. Luego descubre que canceló al Uber, por el cargo en su celular y asume que se fue en taxi, aunque no tiene pruebas de cómo lo pagó, si es que lo hizo.
Al llegar a su edificio, el guardia de seguridad del edificio de al lado se percata que este ser estaba más perdido que caramelo en la puerta del colegio. En las pesquisas posteriores, se entera que el agente le ofreció su silla para que se sentara un rato mientras que su hígado trabajaba arduamente para reducir los niveles de alcohol. ¿Cuánto tiempo estuvo ahí? No se sabe aún. Lo que sí, es que el conserje de su edificio lo ve y acude a rescatarlo, conduciéndolo gentilmente a uno de los sofás del lobby.
Tampoco tenemos los registros del tiempo transcurrido, por lo menos ahora con aire acondicionado. El conserje regresa dónde él y le devuelve su billetera, la cual se comprobó había caído de su bolsillo mientras estuvo sentado en la silla en la acera. Al parecer una conocida pasó por ahí, le saludó y todo, porque se lo dijo después. Tocaba ahora tomar el elevador y entrar al apartamento, tarea fácil y cotidiana, pero no.
Cuando llega arriba, insiste en abrir la puerta mediante un pad electrónico. El cual la puerta no tiene, abre con llave. Cabe aclarar que la puerta con pad corresponde a un apartamento donde el susodicho vivió hace como diez años. Molesto por no poder entrar, baja donde el conserje para pedir ayuda, manifestando que el citado pad se ha descompuesto. El conserje, que merece una buena bonificación en Navidades, lo acompaña a su piso, le pide la llave y abre la puerta. Cómo se cambió de ropa, se acostó y se quedó dormido, queda a la imaginación del lector.
Es muy duro señores, cuando a uno le pasa esto. Le dije que sus ángeles guardianes cumplieron su rol más allá del deber y que también merecen una bonificación.
¿Qué si a mí me ha pasado? Si, por lo menos dos veces, que me acuerdo. En ambas ocasiones estuvieron involucrados un jacuzzi y vino blanco, aunque fue en diferentes fechas, grupos y locaciones. En uno de los encuentros, no guardo registro de cómo salí del jacuzzí, me bañé (¿?), me cambié, dormí una siesta, bajé a cenar, mientras conversé. Como todos los días.
La segunda ocasión, me dio por el sentimentalismo. Decidí expresar todo el orgullo y admiración por mis hijos y sus logros. Lloré, hablé y no me acuerdo de absolutamente nada. Fui sincera y gracias a Dios lo fui con personas de confianza, pero igual, que penaaaaa.
Esto es algo que no se programa ni se planifica. Simplemente pasa. Puede ser que el estrés nos ande correteando y nos desbocamos a través de esta ventana de desahogo que se nos presenta. Es peligroso, sí. Si no nos acompañan las personas indicadas somos vulnerables en extremo, además del daño que hacemos a nuestro organismo, sobre todo si eventos como estos ocurren con frecuencia.
No estoy ensalzando estos episodios, te diría que lo ideal es buscar ayuda para ventilar; pero qué bueno es poder quitarle el pitongo a la tapa de la olla de presión de vez en cuando y dejar salir todo ese vapor.



