La verdad no se ni por dónde empezar, más aún que es una situación en desarrollo. Voy a tratar de partirlo en pedazos. El terremoto en Venezuela es un desastre natural, no previsible, no remediable, devastador. Miles de muertos inocentes y desaparecidos aún, sin saber su estatus. Servicios desbordados, horas sin fin cuajadas de angustia cada vez que los rescatistas arrancaban de las garras de la muerte a otro ser.
Rescatistas de tantos países que con su bandera prendida en el pecho han dejado su huella imborrable, al igual que los héroes caninos que, como he dicho en varias ocasiones, no los merecemos
Hasta aquí. Hasta aquí lo bueno. Y qué lástima que lo malo ganó en el terreno de juego. Qué impotencia ver que la maldad, no le encuentro otra palabra, se ría desde sus entrañas a costillas de la desgracia ajena.
No me alcanzaría el escrito de la semana para enumerar la lista de sucesos que, si los hubiese visto en una película, no los hubiera creído. Porque hoy aún, cuando mi cerebro ha tenido la oportunidad de rumiar a sus anchas la información, no la logra comprender.
Develado quedó lo que se sabía o sospechada. La nula preparación del gobierno para atender un desastre no tiene discusión. Como tampoco la tiene la pésima calidad de los edificios de interés social construidos en La Guaira.
Hasta aquí. Hasta aquí la prueba de un gobierno improvisado, incapaz y corrupto. Continuamos. Indiferencia, desatención, fotos, eventos, parece que otras prioridades ocupan las agendas. Las horas cruciales se consumen bajo el sol agotándose las oportunidades de los que continúan atrapados.
Sigue la historia. Fuerzas policiales robando dinero y valores en las propiedades colapsadas en lugar de ayudar al prójimo. ¿Qué clase de ciudadano y servidor social eres?
Lo increíble. Restricción de acceso a ciertas áreas por parte del gobierno. Lo que aparenta una clara obstaculización en las labores de los rescatistas resulta en la historia surreal de protección de sitios de escondite de dinero y drogas, además de ocultar la movilización de estas sustancias para su pronta partida a través de medios acuáticos.
¿Ustedes pueden creer esto? Yo nada más opino que la vida es un supermercado y todo se paga antes de salir por la puerta.
Ante esta actitud de los gobernantes, bueno, los integrantes del régimen porque gobernantes no son, me cruza por la mente una frase. “Coño, qué bien aprendieron de Fidel”. El pueblo les importa un comino, ellos primero, ellos segundo y ellos tercero. Y a esto me refiero tanto a la protección de actividades ilícitas en el área como a la nula atención al pueblo, a quienes en teoría se deben.
Es tanto lo que falta por recorrer en este camino que ni siquiera lo logro dimensionar. Las noticias no cesan, el manejo de los cadáveres, las posibles epidemias, la reubicación de los damnificados, la reunificación de las familias, la remoción de los escombros. No sobran las manos. No alcanza el tiempo.
¿Y dónde dejamos el factor psicológico y emocional? Señores, se han perdido familias enteras. La frustración de la diáspora venezolana al saber a sus familiares y amigos atravesando esta odisea y no poder hacer nada. Amigos, si lo hicieron, la respuesta de los venezolanos alrededor del mundo ha sido arrolladora. En Panamá por ejemplo, nacionales y extranjeros se volcaron al punto que saturaron de mercancía y voluntarios los centros de acopio.
Lo que me pregunto ahora es, quién va a ayudar a los que quedan. ¿Podrán recuperar sus muertos y enterrarlos dignamente? ¿Dónde van a vivir? Si al régimen no le interesó en lo más mínimo esta fase de la tragedia, ¿cómo podemos esperar que preste atención y apoyo para lo que viene? No encuentro la respuesta aún.
Y lo peor de todo, es que creo que si la sé. Solo que es tan horrible que no la quiero aceptar.
Un abrazo a todos nuestros amigos venezolanos, recemos por tiempos mejores y sigamos con la esperanza que esto pronto pasará. Y no me refiero al terremoto.



